Read this page in English
EFECTOS DE LA SEPARACIÓN EN LOS NIÑOS MÁS PEQUEÑOS:
CONSECUENCIAS DE LAS DECISIONES QUE TOMAN LOS TRIBUNALES DE FAMILIA
por el Peter Ernest Haiman, Ph.D.
A menudo he actuado en favor de los padres como perito en los tribunales de
familia. Recientemente, observé inútilmente al tribunal mientras
tomaba una decisión que, según mi opinión, exacerbaría –o
quizás hasta causaría– el abuso infantil de una niña
de dos años y otros traumas. La madre era su principal cuidadora, y
a ella acudía cuando estaba afligida y necesitaba consuelo. Su padre
era emocionalmente inestable y se desquitaba con su esposa y su hija. Sin
embargo, el juez apoyó la decisión de que la niña viajara
con su padre a Canadá por cuatro semanas. Esa fue una separación
demasiado larga de la persona que cotidianamente la cuidaba. Pero el abogado
de la madre no hizo ninguna objeción. Tampoco recomendó al tribunal
que un perito presentara información basada en la investigación
sobre el apego y los efectos que los regímenes de visita tienen sobre
los niños más pequeños, como lo solicitó la madre.
Este abogado nunca se puso en el lugar de la niña o demostró empatía
por ella. Este abogado y el abogado de la parte contraria hablaron en privado
durante un tiempo antes de que empezara la audiencia, y durante el transcurso
de la misma se concentraron únicamente en las necesidades de los padres.
Este problema no es novedad. Durante décadas, jueces, abogados e incluso
mediadores han estado tomando decisiones cuyo resultado es una separación
mal aconsejada que provoca que los jovencitos se aparten de sus padres o cuidadores.
Por lo general, esas decisiones están basadas exclusivamente en las
necesidades de los adultos involucrados. El impacto a corto y a largo plazo
que esta separación
tendrá en los niños no se considera lo suficiente. Sin embargo,
los tribunales toman decisiones que podrían tener una amplia gama de
efectos nocivos. La investigación ha demostrado que cuando a los bebés
y a los niños muy pequeños no se les permite desarrollar un
apego seguro a la persona que cotidianamente cuida de ellos, pueden sentir
eso como algo traumático. Algunos niños comienzan a tartamudear
y otros tienen problemas de aprendizaje. Esos efectos pueden continuar durante
todo el ciclo de la vida (Graham, Heim, Goodman, Miller & Nemeroff, 1999).
Los adolescentes pueden tener problemas con la autoridad, la delincuencia,
sufrir déficits
de atención, ser tímidos y depresivos, entre otras cosas. Cuando
se conviertan en adultos, esos individuos podrían tener una variedad
de problemas que interferirán con su capacidad de mantener relaciones
románticas
y laborales estables y duraderas.
En este breve artículo, consideraremos
algunas investigaciones importantes extraídas de las publicaciones
sobre desarrollo infantil y los efectos de la separación desde el punto
de vista de los bebés, los niños
muy pequeños y los niños en edad preescolar. En esta etapa de
la vida es donde yace la raíz del problema.
Desarrollo de un lazo afectivo seguro
Durante el primer año de vida, los bebés se apegan a las
personas que los cuidan cotidianamente. Ahora sabemos que la calidad de
este apego afecta el correcto desarrollo del hemisferio cerebral derecho.
Esto es importante porque el hemisferio derecho es el responsable de procesar
la información relacionada
con nuestras interacciones sociales y emociones. Más aún, la
mayor parte del desarrollo de la parte derecha del cerebro ocurre dentro de
los primeros dos a tres años de vida. Así, desde el punto de
vista emocional, la tarea más esencial de los primeros tres años
de vida es la creación
de un apego seguro entre el niñito y su cuidador principal, que suele
ser la madre. Este lazo se construye a través de la interacción
constante de una comunicación altamente compleja y sofisticada, pero
a la vez puramente emocional, entre el cuidador principal y el niño.
Los estudios han demostrado que las manifestaciones de crecimiento del hemisferio
derecho y el desarrollo que ocurre dentro de los primeros dos a tres años
de vida pueden durar toda la vida (Schore, 2002).
Los niños que crecen
sintiéndose seguros de su relación
primaria tendrán un desarrollo emocional normal. Estarán equipados
para manejar constructivamente la mayoría de los traumas que podrían
aparecer, ya sea durante la infancia o después. Según las palabras
del neuropsicólogo Allan Schore (2002) “la seguridad que brinda
el lazo del apego es la principal defensa contra la psicopatología
inducida por traumas”.
Por otro lado, los niños muy pequeños
que son sometidos a una separación
perturbadora no cuentan con esta base segura. Y la falta de esta base interfiere
con el desarrollo del lado derecho del cerebro. El lector se preguntará si
cualquier daño que podría haber ocurrido a esta edad se superará con
el paso del tiempo. Desafortunadamente, este suele no ser el caso. Las investigaciones
demuestran que los niños que no desarrollaron apegos seguros con su
cuidador principal durante los primeros años de vida, en el futuro
no son capaces de calmarse a sí mismos, son más propensos a
reaccionar exageradamente ante un estímulo que los niños seguros.
Los niños inseguros
tienen menos control de los impulsos, menos habilidad de tolerar el estrés
y la frustración que los individuos que tuvieron una niñez más
segura (Toth & Cicchetti, 1998). Además, corren más riesgos
de sufrir ansiedad, de ser depresivos, agresivos, violentos, de cometer suicidio
y de abusar de sustancias. En mi opinión, uno de los efectos de más
importancia social del apego inseguro es el hecho de que esos individuos no
tienen la habilidad de sentir empatía. La tan reconocida psiquiatra
Alice Miller (1990) ha escrito sobre cómo esta incapacidad puede pasar
de generación
en generación dentro de las familias.
El dolor de la separación
¿Qué ocurre emocionalmente dentro de un jovencito cuando se
lo separa de uno de sus padres o de su cuidador? ¿Cómo la investigación
del desarrollo humano nos ayudó a explicar el tartamudeo de un niño
o las conductas de acercamiento-rechazo de un pequeñito? Estos pueden
interpretarse como síntomas de la misma dinámica subyacente.
Todos los jovencitos poseen una motivación intrínseca y fuerte,
un potente deseo de expresarse oralmente. Cuando al bebé o al niño
muy pequeño se le impone indebidamente una separación, para
el niño esta necesidad de expresarse oralmente se ve abrumada por sentimientos
de pérdida y de temor. Es así como el niño siente una
separación
indebida. Como resultado, el niño puede ser forzosamente acallado.
El niño siente una poderosa necesidad de decir algo, pero al mismo
tiempo siente que esa necesidad debe ser reprimida forzosamente. Este conflicto
provoca el tartamudeo.
Cuando un bebé o un jovencito es alejado de
la figura de apego principal, como la madre, anhela que se la devuelvan. Ese
mismo niño se alegra naturalmente
cuando la mamá regresa. Si, de lo contrario, siente que su madre se
ha ido por demasiado tiempo o ha estado lejos muy frecuentemente, la reacción
será una mezcla de emociones. Primero, en el momento del encuentro,
se mostrará feliz. Pero su conducta cambiará muy pronto. La
sonrisa inicial desaparecerá y el niño ni siquiera mirará a
esa madre que tanto extraño. El niño la rechazará. Preocupada
y frustrada, porque ha tratado de ser la mejor madre posible, ella se acerca
al niño e intenta reestablecer una conexión física cariñosa.
La madre se acercará al hijo. Intentará recogerle y establecer
un entendimiento con él. Suele ser común que los niños
en esta situación se resistan ante los intentos de su madre, luchen
y se aparten, y le peguen o intenten castigarla de otra manera.
¿Por
qué el niñito rechaza a su madre? ¿Pero, por
qué, ahora que su mamá finalmente regresó, el niñito
empieza –sin una razón aparente– a pegarle a esa madre
que ama?
En cada caso, la conducta del niño está diciendo lo
mismo: “Por
naturaleza, soy totalmente dependiente. Estoy atado emocionalmente a ti. De
ti aprendí que puedo confiar en que mi amor será correspondido
y que todas mis necesidades serán satisfechas cuando lo necesite. Siento
que estuviste haciendo lo que se supone que una buena madre haría:
estar ahí para
mí de manera constante y confiable, para que pueda aprender a confiar
en ti. No podré confiar en mí si antes no aprendo a confiar
en ti. Pero luego pasó algo malo. Te fuiste y yo te necesitaba. Estabas
lejos cuando necesité que me abrazaras. Te habías ido cuando
lo único
que necesitaba era oír el sonido de tu voz. No estabas ahí cuando
necesité a alguien que me consuele. El tiempo se hacia largo y largo
sin no estabas. Te habías ido. Empecé a llorar. No pude parar
de llorar. Tendrías que haber estado ahí para protegerme. No
estabas allí para
mirarme. Me sentí tan débil. No podía comer”.
Si
bien su conducta puede estar hablando en voz alta y clara, la mayoría
de los jovencitos, incluso los que tienen de cinco a seis años, no
pueden traducir sus sentimientos a palabras.
¿Pero por qué el
rechazo? ¿Por qué la sonrisa se
desvanece un instante después de haberse reunido con su madre? ¿Por
qué pegar a esa madre que para el niñito ha sido su principal
figura de apego y de amor?
Golpear tiene dos propósitos. Primero, castiga
a la madre por haber abandonado a un pequeño y vulnerable niño.
Es una expresión de ira
intensa y basada en el temor, que siente un bebé, un niño muy
pequeño,
un niño en edad preescolar o un jovencito hacia alguien con quien tiene
desde antes del nacimiento un contrato de dependencia y cuidados –un
contrato que ha sido violado sin posibilidad de arreglo (Main, 2000). Segundo,
establece un contrato tácito entre el niño y sí mismo
para nunca más
ser vulnerable en el amor ni jamás depositar su confianza en el amor
de otra persona –un contrato que permanecerá vigente durante
la adolescencia y la adultez de ese individuo.
Los tribunales de familia tienen que ser más sensibles
No creo que ningún tribunal de familia de los Estados Unidos quiera
ver que esos casos ocurren como resultado de decisiones tomadas que involucraban
el bienestar de los niños. No creo que ningún padre ni ninguna
madre quieran que sus hijos sufran daños a corto y a largo plazo que
puedan multiplicarse gracias a las decisiones tomadas en los tribunales. Aún
así, los tribunales de familia continúan ordenando visitas donde
el niño tiene que ser separado de su principal figura de apego.
Las
decisiones tomadas en los tribunales de familia que afectan la vida de los
niños más pequeños y que no estén basadas en teorías
del desarrollo psico-social respaldadas por la investigación –como
la teoría del apego– hieren la validez misma de los tribunales.
Muy frecuentemente, tales decisiones resultan en daños psicológicos
en el niño a corto e incluso a largo plazo.
En muchos estados, los niños
no tienen su propio representante legal. Cada niño debería tener
el derecho de que sus necesidades de desarrollo sean completamente descritas
en los tribunales. Si van a tomarse decisiones con conocimiento de causa a
favor del niño y si van a establecerse planes
de crianza adecuados, deberá comprenderse la historia de vida particular
del niño. Esto requiere el entendimiento de la investigación
y del niño como ente individual. No puede lograrse solo con abogados.
Se necesitan consejeros que entiendan la teoría del desarrollo y la
investigación
hecha al respecto, y que sean competentemente capaces de representar las necesidades
particulares del niño.
Al evaluar un plan de crianza, serán justamente
los niños y los
preescolares los que mostrarán a un observador bien capacitado cuán
bien está funcionando el plan. Incluso los niños que no hablan
pueden expresar cuán bien fueron satisfechas sus necesidades. Los consejeros
son importantísimos en esta etapa, también, para decir ante
los tribunales si el plan está funcionando o no. ¿Cuándo
este proceso vital se convertirá en algo habitual en el sistema de
tribunales de familia? Creo que tenemos un largo camino por recorrer.
Referencias
Graham, Y. P., Heim, C., Goodman, S. H., Miller, A. H., & Nemeroff, C.
B. (1999.). The effects of neonatal stress on brain development: Implications
for psychopathology. Development and Psychopathology, 11, 545–565.
Main, M. (2000). The organized categories of infant, child, and adult attachment:
Flexible vs. inflexible attention under attachment-related stress. Journal
of the American Psychoanalytic Association, 48(4), 1055–1096.
Miller, A. (1990). For your own good: Hidden cruelty in child-rearing
and the roots of violence (3rd ed.). New York: Farrar, Straus, and Giroux.
Schore, A. N. (2002). Dysregulation of the right brain: A fundamental mechanism
of traumatic attachment and the psychopathogenesis of posttraumatic stress
disorder. Australian and New Zealand Journal of Psychiatry, 36, 9–30.
Retrieved from http://www.trauma-pages.com/a/schore-2002.php
Toth, S. C., & Cicchetti, D. (1998). Remembering, forgetting, and the
effects of trauma on memory: A developmental psychopathologic perspective. Development
and Psychopathology, 10, 580–605.