por el Peter Ernest Haiman, Ph.D.
Muchos niños desarrollan patrones de conducta negativos o alarmantes
que preocupan a los padres. Algunos tienen actitudes hirientes, se enfadan,
se enfurecen, se vuelven violentos o desafiantes. Otros se vuelven tímidos,
retraídos, sumisos, demasiado sensibles o asustadizos. También
es posible que los niños adquieran hábitos como chuparse el
dedo o morderse las uñas, y que tengan pesadillas, dificultad para
concentrarse o TDAH (trastorno de déficit de atención con hiperactividad,
conocido en inglés como ADHD).
Muchos padres no saben cómo actuar
frente a estas clases de hábitos
y conductas. Algunos deciden castigar a sus hijos: Usan el “tiempo fuera” o
les quitan privilegios. Otros optan por la intimidación: los avasallan,
los amenazan, les gritan o los asustan. Muchos padres terminan utilizando una
combinación de todas estas reacciones. Más adelante, al reflexionar,
no se sienten satisfechos con estas técnicas ni con sus efectos.
¿Qué pueden
hacer los padres para limitar o eliminar estas conductas, que pueden ser del
tipo agresivo, pasivo o temeroso? ¿Cómo se puede
liberar la energía infantil para desviarla hacia fines más constructivos? ¿De
qué manera los padres pueden prevenir la mala conducta y qué medidas
deben tomar frente a ella? ¿Cuál sería un enfoque razonable,
eficaz y compasivo de crianza infantil que lograra que los niños se comportaran
correctamente?
La investigación sobre el desarrollo y la crianza infantil
ofrece muchísima
información valiosa. Muchas de las pautas adecuadas y útiles de
crianza infantil surgen de los numerosos estudios sobre niños pequeños.
Cuando los padres utilizan estos principios de crianza infantil basados en la
investigación, se construyen los cimientos para el desarrollo de una persona
emocionalmente saludable y con buen comportamiento. Como consecuencia, estos
padres disfrutan de la paternidad.
El método de crianza infantil que mejor
representa la investigación
sobre niños y paternidad utiliza un enfoque diagnóstico para comprender
y afrontar todas las clases de conducta infantil. El diagnóstico es un
proceso por el cual se recopila de manera sistemática información
sobre los motivos de la conducta. El objetivo de esta recopilación es
establecer las posibles causas subyacentes.
El enfoque diagnóstico considera
que toda conducta infantil es un signo, una señal o un síntoma
que transmite el estado actual de las necesidades y los impulsos físicos
y psicosociales del niño. Cuando un niño
pequeño se comporta bien y sigue un desarrollo adecuado, se pueden deducir
una de dos conclusiones. Es posible que se estén atendiendo las necesidades
y los impulsos subyacentes normales del niño, o bien es posible que el
niño esté padeciendo la frustración de necesidades e impulsos
no satisfechos. La conducta alarmante se produce cuando se frustra una o más
necesidades normales del desarrollo, y el niño no puede tolerar esta frustración.
Los
niños pequeños tienen una cierta cantidad de necesidades importantes
y normales que, si no se satisfacen, pueden provocarles angustia. Los niños
pequeños no pueden tolerar demasiada frustración. Sin embargo,
tienen una mayor capacidad para aprender a tolerar la frustración si asimilan,
en sus primeros años, que sus padres satisfarán sus necesidades
a tiempo y de manera confiable. Cuando un niño siente la garantía
de que sus padres atenderán sus necesidades, se siente más seguro
para arriesgarse, gradualmente, a experimentar frustraciones.
Si, por otro lado,
un niño siente y expresa con frecuencia frustraciones
infantiles normales que los padres no resuelven con receptividad, desarrolla
patrones de respuesta al miedo. Este niño sufrirá ansiedad, permanecerá alerta
constantemente y estará pendiente de sus propias necesidades, que expresará de
manera agresiva y urgente. Le resultará muy difícil tolerar sus
sentimientos de frustración. Su actitud emocional alerta e inquietante
le impedirá aprender a tolerar las frustraciones. Por el contrario, ante
el menor sentimiento de frustración, el niño que padece un estado
de alerta defensivo tratará de llamar la atención mediante la mala
conducta. Esta clase de niño también suele comportarse mal o recurrir
a hábitos autotranquilizantes para manejar la ansiedad.
Los padres pueden
prevenir o detener la mala conducta o la conducta alarmante mediante aptitudes
de diagnóstico. Esto significa que los padres tendrán éxito
con sus hijos si analizan las necesidades y los impulsos físicos y psicológicos
de los niños a lo largo del día. Al observar y escuchar con atención
a sus hijos, los padres podrán establecer el estado de estas dinámicas.
Para utilizar el enfoque diagnóstico de crianza infantil, los padres deben
familiarizarse con las necesidades y las características de desarrollo
de la infancia. Luego, podrán desarrollar sus propias habilidades para
observar a sus hijos y establecer cuáles son las conductas de los niños
que reflejan sus necesidades subyacentes.
Los patrones de conducta observados
en cada niño pueden comunicar a un
padre alerta e informado el bienestar relativo de las necesidades normales físicas
y psicosociales de desarrollo que tiene ese niño. Al saber cómo
reacciona el niño a los distintos tipos de estrés, los padres pueden
interpretar correctamente su conducta, identificar la necesidad frustrada y tomar
las medidas para aliviar la angustia de su hijo. Por ejemplo, supongamos que
un padre sabe que, si su hijo tiene hambre, siente frustración y se comporta
de manera reacia. Entonces, en lugar de castigarlo, puede diagnosticar la causa
y darle de comer. La comida reducirá la frustración del niño,
y el comportamiento reacio desaparecerá. El castigo sólo añadiría
más frustración. El niño seguiría teniendo hambre
y, por lo tanto, su angustia no cesará. La frustración de tener
hambre y las diversas frustraciones personales e interpersonales generadas por
el castigo complicarían aún más la conducta del niño
y la paternidad. Al conocer a su hijo, los padres pueden detectar los cambios
de conducta y diagnosticar y tratar las causas.
Un enfoque diagnóstico
de paternidad tiene dos principios básicos
que surgen de la investigación sobre el desarrollo y la crianza infantil:
- Toda conducta, tanto mala como buena, es resultado del estado de las necesidades
y los impulsos físicos y psicosociales normales subyacentes de un niño.
- En lugar de concentrarse en la conducta, los padres pueden ser más
eficientes al anticipar las necesidades de su hijo. Cuando aparece la mala conducta,
los padres deberán buscar las necesidades frustradas que provocaron ese
comportamiento. Cuando se satisfacen las necesidades del niño, la frustración
se esfuma. En consecuencia, lo más probable es que el niño se comporte
bien.
A continuación, se presenta un ejemplo que muestra cómo una
pareja de padres aprendió a utilizar este enfoque diagnóstico para
ayudar a su hija pequeña.
Los padres de una niña de cinco años y
medio se comunicaron conmigo para analizar los problemas que tenían con
su hija. Me explicaron que hacía tres o cuatro meses que la pequeña
había cambiado
radicalmente. Durante sus primeros años de vida, había sido curiosa,
participativa, resuelta, vivaz y emprendedora. Hacía amigos con facilidad
y era popular entre los niños de su edad. Cuando se le preguntaba qué quería
hacer un sábado a la tarde, elegía una actividad y participaba
en ella. Pero, ahora, ante la misma pregunta, respondía: «Me
da igual». Su conducta había cambiado. No tenía el mismo
interés en la vida. Ya no quería participar en las actividades
que solían gustarle. Había perdido su energía y su vitalidad.
Los
padres me indicaron que su hija también había perdido la capacidad
de manejar situaciones que podía sobrellevar perfectamente cuando tenía
cuatro años. No se vinculaba con otros niños de la misma manera
que antes. Había perdido sus aptitudes sociales. Parecía que ya
no sabía turnarse con sus compañeros para jugar. Durante los últimos
meses, necesitaba ser siempre la primera para todo. Si no la dejaban hacer lo
que quería, se largaba a llorar. Si algo le molestaba, en lugar de hablar
sobre el problema como antes, estallaba en llanto. Había perdido su capacidad
para afrontar diversas situaciones de frustración. Había experimentado
un retroceso psicosocial y ya no podía desenvolverse emocional o socialmente
como antes.
Los padres agregaron que, hacía poco, habían recibido
una llamada telefónica de la maestra de kindergarten de su hija. La maestra
les dijo que la niña se estaba comportando de manera excesivamente posesiva
y controladora con una compañera. Esta compañera era una niña
físicamente
más pequeña que su hija. Ambas eran amigas, pero esa amistad se
arruinó porque su hija solía tomar de la mano a la otra niña
y no la soltaba. En muchas ocasiones, la agarraba y no la dejaba moverse, jugar
o participar en actividades. Finalmente, la otra niña habló con
su madre sobre el comportamiento de su compañera. Y la madre pidió a
la maestra que interviniera y protegiera la libertad de su hija. Dicho pedido
motivó el llamado telefónico de la maestra a estos padres.
Los padres
se comunicaron conmigo para transmitirme su preocupación y
desconcierto, y su interés por el bienestar de su hija. ¿Qué podían
hacer para ayudarla? ¿Por qué se estaba comportando de una manera
tan insensible y posesiva con su amiga?
Como la causa de todo comportamiento es
el grado de satisfacción de las
necesidades normales físicas y psicosociales subyacentes del niño,
decidí hacerles algunas preguntas sobre su hija y sobre la vida que llevaba.
Me dijeron que, desde la concepción, el desarrollo físico de la
niña fue normal. Excepto por algunos resfríos típicos de
la infancia, siempre gozó de buena salud.
La preocupación de los
padres, la clara franqueza con que se expresaban para ayudar a su hija y el tono
de sus voces al dirigirse a mí o al conversar
entre ellos me convencieron de que se trataba de personas afectuosas e inteligentes.
Les
hice algunas preguntas para ver cómo afrontaban la necesidad normal
e importante de su hija respecto del apego emocional continuo y eficaz a quien
le brindara atención directa durante los primeros años de vida.
La madre se había ocupado del bienestar de su hija desde el parto. Tanto
la madre como el padre le dieron amor y la educaron correctamente.
Los padres
describieron actitudes y prácticas de crianza fundadas cuando
su hija comenzó a expresar sus deseos normales al año y medio de
edad. Así, hablaron, por ejemplo, de dejarla elegir. Frente al deseo de
su hija de recibir un trato de niña “mayor”, le permitieron
participar en la toma de ciertas decisiones del hogar.
Describieron sus reacciones
ante la necesidad de la pequeña de ser más
independiente y de relacionarse con niños de su edad. Al cumplir tres
años, por ejemplo, la inscribieron en un preescolar para que asistiera
medio día. La niña disfrutó de la experiencia.
Todo el desarrollo
y la crianza infantil parecían normales, afectuosos
y productivos. ¿Cuál podría ser, entonces, la causa del
problema actual de la niña? La conducta infantil transmite mensajes que
aportan indicios esenciales sobre sus causas. Los deseos de posesión y
el control excesivos de esta niña con su amiga del kindergarten me dieron
a entender que esa conducta podría estar motivada por un temor de pérdida.
Por eso, pregunté a los padres si durante los últimos años
había fallecido algún familiar de su hija. Me respondieron que
no. De hecho, no conocían a nadie allegado a su hija que hubiese fallecido.
Como
la pérdida y el temor asociado a ésta pueden estar motivados
por otras experiencias además de la muerte, les pregunté si se
habían mudado en ese último tiempo. Me respondieron que habían
vivido en el mismo lugar hasta los cuatro años y medio de su hija. Luego,
se habían mudado dos veces. La segunda mudanza fue poco tiempo después
de que la niña cumpliera cinco años. Luego la familia se asentó en
el que era su hogar actual. Para los padres, la niña parecía haberse
adaptado bien a estas mudanzas.
Me pregunté si la pequeña extrañaba
su antiguo hogar, su jardín y el cuarto en donde había vivido durante
cuatro años
y medio. Podría ser. Sin embargo, eso no explicaba el control persistente
sobre su compañera.
Analicé los dos patrones de conducta extraños
para esta niña:
el control posesivo de su amiga de kindergarten y su actitud apática e
indiferente respecto de la vida. Presentaba tanto tendencias agresivas como una
actitud pasiva y desconfiada. La investigación sobre desarrollo infantil
pone de manifiesto que, para que los niños se arriesguen a invertir su
identidad en experiencias nuevas de juegos y aprendizaje, en nuevos amigos y
demás, deben sentirse seguros de que su inversión les traerá resultados
positivos.
Les pregunté a los padres si su hija tenía amigos cercanos
antes de la primera mudanza, cuando tenía cuatro años y medio.
Recodaron dos amigos. Creían que ambas amistades habían sido importantes
para su hija.
Esta información me permitió imaginarme la posible
causa de los problemas de esta niña. Pensé que podría dar
recomendaciones que – si mi hipótesis era correcta – resolverían
los problemas de conducta y de actitud de esta niña.
Les expliqué que
cuando un niño pequeño pierde a un amigo,
sufre esta pérdida como un adulto que padece la muerte de un amigo cercano.
En ambos casos, se siente tristeza por la pérdida de un ser querido. Y,
también en ambos casos, este sentimiento viene acompañado de enojo
porque alguien importante falleció, y el sobreviviente no tuvo ningún
control sobre esa pérdida. El enojo y la depresión – junto
con la actitud apática – pueden surgir luego de la muerte o la pérdida
de una persona que significó mucho para el otro a lo largo de los años.
Para que un niño pequeño sufra algo así, basta con que el
vínculo cercano haya formado parte de su vida durante un año o
dos. Cuando esta niña tenía cuatro años y medio, sus padres
la dejaron sin amigos. No tuvo ningún control ni poder de decisión
sobre la mudanza. No pudo evitar la pérdida de sus amistades. La nueva
conducta controladora y posesiva de esta niña frente a una amiga de kindergarten
puede ser una manera de expresar su resolución – motivada por el
enojo – de tomar el control a partir de ahora. Esta vez, no permitirá que
le saquen a su amiga. Este podría ser el mensaje que transmitía
su conducta cuando no quería soltar a su amiga y controlaba sus actividades.
En
base a estas hipótesis fundamentadas empíricamente (es decir,
soluciones a los problemas conforme a la evidencia), sugerí a los padres
que llamaran a los padres de los amigos que su hija había “perdido”,
para explicarles la situación actual y acordar varios contactos entre
su hija y sus antiguas amistades. El objetivo principal sería renovar
y conservar las amistades que su hija tanto añoraba. Para ella, estas
amistades habían sido muy importantes. Su pérdida podría
haberle provocado una depresión cargada de enojo. Los padres estuvieron
de acuerdo con este plan.
Unos meses después, me llamaron para comunicarme
que la conducta de su hija había mejorado y que su vitalidad había
regresado. Me contaron que la primera vez que hablaron con su hija sobre volver
a ver a sus dos amigos, ella mencionó a un tercero que también
quería volver a ver.
Explicaron que, al principio, la pequeña se mostraba algo renuente a restablecer
sus antiguas amistades. Esta etapa fue pasajera. En la actualidad, disfrutaba
hablar con sus viejos amigos por teléfono e ir a visitarlos para jugar.
La
madre me explicó que, como consecuencia de los contactos renovados,
los padres de los amigos de la niña observaron una mejora en la conducta
de sus propios hijos. Los otros niños también habían extrañado
a su amiga que se había mudado.
Hablé con estos padres en varias
ocasiones. Las amistades entre los niños
que habían dejado de verse se renovaron, se reanimaron y se enriquecieron.
Su hija volvió a ser la misma. Y está haciendo amigos nuevos. La
frase “me da igual”y el control posesivo de los amigos desaparecieron.
El problema y la resolución de crianza infantil aquí expuestos
demuestran la importancia de que los padres comprendan las necesidades normales
del desarrollo de los niños. Cuando los padres pueden identificarse con
sus hijos al ver las experiencias de vida desde la perspectiva de los niños,
pueden desarrollar aptitudes de diagnóstico eficaces. Mediante estas aptitudes,
pueden evitar y resolver problemas de conducta de todo tipo.