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LA FORMA EN QUE LOS NIÑOS MANEJAN LA FRUSTRACIÓN AFECTA SU HABILIDAD PARA CONCENTRARSE Y APRENDER:
el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad
(ADHD por sus siglas en inglés)
por el Peter Ernest Haiman, Ph.D.
Desde sus primeros años de vida, los niños comienzan a elaborar
estrategias para hacer frente a la frustración. Cada día, sean
conscientes de ello o no, los padres influyen en la forma en que sus hijos
toleran la frustración. En realidad, durante los primeros años
de vida de sus hijos los padres tienen muchas oportunidades para ayudarlos
a progresar en la capacidad vitalicia para hacer frente a la frustración.
O bien, para entorpecer dicho progreso. Educadores y médicos también
tienen oportunidades para orientar a los padres sobre prácticas de
crianza que ayuden a sus jovencitos a manejar la frustración constructivamente.
Los niños que aprender a tolerar con éxito la frustración – a
diferencia de aquellos que no – serán más propensos a
convertirse en adultos felices.
La habilidad para tolerar la frustración
tiene implicaciones importantes en el aprendizaje. Por su naturaleza, el proceso
de aprendizaje enfrenta a los niños con situaciones desafiantes que
les generan ansiedad y frustración.
El aprendizaje de un tema nuevo o la adquisición de una habilidad requieren
ciertos pasos individuales y desconocidos. Un niño necesita una base sólida
de seguridad emocional para tomar los riesgos necesarios para cumplir con los
pasos requeridos para aprender una materia nueva o desarrollar destrezas.
Si con
frecuencia las necesidades – adecuadas desde el punto de vista del
desarrollo – de un jovencito no son satisfechas, a menudo tomará una
postura emocional frágil de temor o de enojo. La inquietud del niño
tendrá matices de preocupación, y esto se manifestará de
distintas maneras.
Los mensajes que el jovencito es incapaz de expresar en palabras,
se manifestarán
con miradas que cuestionan, movimientos corporales agitados, arrebatos emocionales
y otras conductas. Lo que intenta decir es: “Necesito ayuda”. “Me
siento incómodo”. “Estoy asustado”. “Estoy
enojado”. Los
niños que deben soportar patrones de crianza perjudiciales, se vuelven
más demandantes e inflexibles al primer indicio de frustración.
Cuando las necesidades normales del desarrollo se frustran continuamente,
los niños empiezan a crear una variedad de sistemas de defensa para
evitar el estrés y el malestar. Estos niños, preocupados por
la ansiedad que sienten, no tienen la resistencia necesaria para hacer los
intentos que demanda el aprendizaje. Para un niño, intentar significa
arriesgarse.
El niño no sentirá temor ni estará “en
guardia” si
confía en que le darán la atención y el cariño
necesarios para satisfacer sus necesidades. La estabilidad que se desarrolla
con el tiempo infunde un sentimiento interno de seguridad. Al no sentirse
amenazados por sentimientos de carencia, los niños desarrollan una
flexibilidad emocional que da como resultado la tolerancia exitosa de las
experiencias nuevas y diferentes. También son capaces de aceptar períodos
de tensión leve,
sin sentir esa ansiedad o ese temor que los debilita. ¿Resultado? Con
confianza y sin temores, corren los riesgos necesarios propios del aprendizaje.
Los niños que se sienten seguros se arriesgan y aprenden
Junto con una base emocional sólida creada por un ambiente previsible
y seguro, los padres deberían dar a sus hijos oportunidades para que
ejerciten la curiosidad y exploren, y para que además intenten vencer
los desafíos y aprendan. Desde el nacimiento, los niños pueden
aprender gradualmente a tolerar y a vencer la frustración.
Los sentidos
y el interés infantiles se despiertan cuando un bebé oye
los sonidos de una sonaja brillante y colorida que está cerca de él.
Así surgen sentimientos de curiosidad y de deseo, pero también
de frustración. Si sus intentos por alcanzar la sonaja tienen éxito,
aprenderá que puede actuar para satisfacer su curiosidad y su deseo.
Pero lo que es más importante aún es que aprenderá a
tolerar la frustración que acompaña el desear algo y no poder
tenerlo, y se esforzará por conseguirlo.
Supongamos que ese mismo bebé ya
tiene seis meses de edad; está sentado
en el piso y ve un juguete que le parece interesante pero que está al
otro lado de la habitación. Tendrá muchos deseos de tenerlo,
pero simultáneamente nacerán en él la angustia y la frustración
por no poder alcanzarlo. Sin embargo, como la valentía de tolerar tanto
el deseo como la frustración que acompaña al deseo ya están
arraigados en su corta historia de vida, el niño decidirá arriesgarse.
Gateará hacia donde está el juguete. Seguirá sintiendo
emoción y frustración a medida que se acerca. Cuando finalmente
sea capaz de alcanzarlo y lo agarre, se sentirá feliz y satisfecho.
Esta importante lección que el niño se enseña a sí mismo
es tan importante como su propia felicidad. Una vez más, aprendió que
puede “invertir” en sí mismo, tolerar la frustración
y lograr las metas deseadas.
Algunos padres echan a perder la seguridad que
sus hijos tienen en sí mismos
y socavan la habilidad que tienen para arriesgarse y para vencer la frustración.
Un tipo de padres, por ejemplo, sería el que al ver a su hijo gateando
hacia el juguete, decide agarrarlo y dárselo. Esto interfiere con los
esfuerzos del niño. Al darle el juguete arruinan la posibilidad que
ese niño tenía de perseguir sus propias metas y, de esa forma,
enseñarse a sí mismo a tolerar la frustración. Este estilo
de crianza puede evitar que los niños desarrollen la confianza en su
propia habilidad de sentir y de tolerar. También puede prevenir que
por medio de sus propios esfuerzos venzan la frustración.
Otro tipo
de padres sería el que, al ver a su hijo gateando hacia el
juguete, lo mueve aún más lejos del niño. Al hacer esto,
abruman al niño haciéndole sentir demasiada frustración.
Eso ocurre porque ahora son ellos los que toman el control del juego y no
el niño, lo que provoca que sus logros sean más difíciles
y menos dignos de su esfuerzo de lo que el niño esperaba. Esto puede
provocar la pérdida de la motivación necesaria para aprender.
Los sentimientos de eficiencia y de confianza en sí mismo también
se verán dañados. Desafiar la tolerancia a la frustración
es parte inherente de las experiencias de juego que el propio niño
escoge.
Educadores y médicos tienen oportunidades para mejorar el clima
de aprendizaje ayudando a los padres y a otros adultos a reconocer que cometer
errores es una parte esencial del proceso de aprendizaje. Nuestra cultura
suele ser muy crítica de las personas que cometen errores. Y esto es
especialmente cierto cuando son niños y adolescentes los que los cometen.
Los niños suelen experimentar falta de confianza en sí mismos
y temor a la ineptitud cuando los adultos promulgan actitudes negativas y
culturalmente derivadas contra los errores. Las reacciones mordaces o degradantes
de un adulto contra los errores de un niño pueden inhibir la motivación
de un jovencito a arriesgarse lo suficiente para aprender una habilidad o
adquirir un conocimiento. La habilidad de concentrarse en una tarea de aprendizaje
dependerá de cómo los padres responden a las necesidades físicas,
emocionales y sociales del joven.
El sentimiento de amenaza y el Trastorno por Déficit de Atención
con Hiperactividad
Los niños deben crear formas de distraerse o de defenderse por
sí mismos
de la ansiedad que les causa dolor. Esas distracciones le permitirán
sobrellevar la situación. Algunos patrones típicos de conducta
usados por los niños para encubrir sus ansiedades y distraerse de ellas
son comportarse de manera tonta o agresiva, hablar excesivamente, portarse
mal, demorarse, fantasear, comportarse de forma pasiva y retraerse. El objetivo
de las distracciones es crear una pseudoexistencia que oculta a las ansiedades
molestas. Aunque estas defensas lo ayudan a evitar los sentimientos de dolor
o a enfrentarlos, también interfieren en los intentos organizados de
aprendizaje.
Para aprender, un niño debe ser capaz de concentrarse.
Para concentrarse en una tarea de aprendizaje, los niños deben ser
capaces de autotranquilizarse, tanto emocional como físicamente. Concentrarse
en una tarea de aprendizaje específica requiere que el niño
no preste atención a
estímulos internos o externos, sino que pueda calmarlos para ser capaz
de concentrarse en la tarea. Los niños que han tenido una vida psicosocial
inquietante y que han sentido una frustración abrumadora estarán
en contacto directo con sus sentimientos dolorosos y sus ansiedades cuando
intenten calmarse. Cuando empiecen a sentirse ansiosos, se autodistraerán
de esta ansiedad característica y nociva. El acto de concentrarse requiere
que el niño sacrifique las defensas que justamente le han servido para
protegerse. Este es un riesgo que los niños ansiosos no desean o no
pueden tomar. La mayoría de las veces, estos niños no se concentran
ni se autodistraen. Sus reacciones de defensa se tornan reflejas y automáticas.
Para estos niños, el aprendizaje basado en la concentración
es una amenaza. Y, por lo tanto, huyen del aprendizaje organizado. Estas son
las dinámicas que causan el trastorno por déficit de atención
con hiperactividad (ADHD).
El ADHD es sintomático. Más que confiar
fundamentalmente en medicinas o técnicas de conducta para aliviar los
síntomas,
lo que debería hacerse es un diagnóstico de las causas del ADHD
y actuar en consecuencia para aliviarlas. Las medicinas tapan los síntomas
y, por lo tanto, hacen que el diagnóstico exacto y la solución
a largo plazo sean más difíciles.
Este artículo fue publicado en The Brown University Child and Adolescent
Behavior Letter, febrero de 2000, 16(2).