por el Peter Ernest Haiman, Ph.D.
Cuando usted está con sus hijos y algo o alguien lo perturba, ¿les
cuenta cómo se siente? ¿No? ¿Por qué? ¿Alguna
vez habla con sus hijos adolescentes sobre lo preocupado que está por
una decisión que tiene que tomar? ¿Sí? ¡Fabuloso! ¿No? ¿Y
cuál es la razón que le impide hacerlo? ¿Cómo
pretender que los hijos hablen con los padres sobre los sentimientos que los
afligen y los problemas si no son los padres los que primero hablan frente
a ellos sobre las dificultades que los mismos padres enfrentan?
Las investigaciones
afirman que los padres son el modelo de conducta más
importante en la vida de los niños. En lo que respecta a la comunicación
entre padres e hijos, la mayoría de los padres, sin embargo, no usa esta
influencia tan eficazmente como podría. Muy pocos padres son conscientes
de que admitir sus propias vulnerabilidades y debilidades ante sus hijos podría
ser visto por un niño o un adolescente como un símbolo de la fortaleza
de sus padres. La mayoría de los padres siente que, ante sus hijos pequeños
o adolescentes, siempre debe lucir fuerte, tener razón y no tener ansiedades.
Con el tiempo, los jóvenes ven esta “fachada” como lo que
realmente es: el encubrimiento de temores y debilidades. Más importante
aún es que, a los ojos de un adolescente, esa actitud es vista como falsa
y mentirosa. Cuando estos jóvenes necesitan padres emocionalmente fuertes,
resistentes y genuinos en quienes confiar y con quienes desarrollarse y madurar,
sienten que es justamente con ese tipo de padres con quien no pueden contar.
Esta es una de las razones por las que muchos adolescentes se sienten perdidos
o deprimidos, y es entonces cuando recurren a sus pares o a las drogas.
Los padres
deben hablar con sus hijos jóvenes, especialmente con los adolescentes,
sobre la verdad: cada persona tiene sus propios temores, debilidades y vulnerabilidades.
Y cada persona también tiene sus fortalezas. El hecho de que
una persona sea consciente de sus preocupaciones, sus angustias y sus temores,
y sea capaz de hablar acerca de ello, es una fortaleza. Tener
este tipo de sentimientos no es una debilidad. Todas las personas los tienen.
La verdadera debilidad es no ser capaz de hablar abierta y honestamente
sobre ellos.
Para
poder hablar de sentimientos, especialmente de los difíciles, se necesita
algo de práctica y de confianza en la habilidad que tenemos para hacerlo.
Lamentablemente, la mayoría de las personas no ha desarrollado la confianza
en su habilidad de expresar los sentimientos. Practicaron muy poco o no recibieron
demasiada orientación de sus padres o de otros adultos en esta importante área
del desarrollo. Los padres de algunas de ellas incluso les han llegado a decir
que expresar la ira u otras emociones "incómodas" estaba
mal.
La tristeza, el temor y la ira son tres de los sentimientos más
incómodos.
La pérdida y el fracaso personales pueden despertar esos sentimientos.
Desde que somos pequeños, por ejemplo, nos enseñan a tener miedo
de cometer errores. Entonces, cuando no podemos cumplir con los estándares
que nos propusimos o estar a la altura de ellos, nos sentimos avergonzados.
Nos aislamos no sólo de aquellos frente a quienes nos sentimos avergonzados,
sino de nuestros propios sentimientos. Incluso cuando somos niños tenemos
todo tipo de impulsos inconscientes, de los que la fuerza emocional puede
confundirnos. Sin embargo, cuando éramos jóvenes, nadie nos
ayudó a identificar
esos sentimientos ni a hablar de ellos. Esas y muchas otras razones tienden
a mantenernos alerta.
La vida –tanto en el aspecto personal como en el social– sería
mucho más fácil si pudiéramos confiar más y ser más
abiertos emocionalmente, y si supiéramos expresar a nosotros mismos y
a los demás cómo nos sentimos. El hecho de que una emoción
conlleve sentimientos de amenaza y de aprensión originadas en nuestro
pasado no significa que hablar de ese sentimiento tenga que ser algo amenazador,
aterrador o difícil en cualquier otro aspecto. Si después de no
haberlo hecho nunca, aprendiéramos a hablar acerca de nuestros sentimientos
nos sentiríamos como un preso que queda en libertad. Bien valen la pena
el esfuerzo –e incluso el riesgo– que acompañan a todo crecimiento
y aprendizaje constructivos. Los padres que tienen miedo de sus propios sentimientos
podrían hacer este esfuerzo también. Además, si desea que
sus hijos crezcan libres para expresar sus sentimientos, usted podría
tener un papel activo en lo que respecta a enseñarles esta habilidad tan
importante. Y podría hacerlo incluso si usted se siente incómodo
expresando sus propios sentimientos.
Jugar al juego del zoológico con su
hijo sería un buen comienzo.
Por ejemplo, puede sentarse en el piso con su hijo (de dos a seis años)
y tomar una colección de animalitos de plástico o de goma. (Si
no tiene animalitos de juguete, puede jugar al mismo juego con muñecos
de trapo o de tela). Puede tomar una pequeña jirafa y un enorme león,
y decir: “Le tengo miedo al enorme león”. O, si tiene un mono,
podría jugar a que otro animal le quita su banana, y entonces el mono
diría: “¡Tengo hambre! ¡Me quitaste la banana!”
Luego,
puede darle la oportunidad de practicar a su hijo. Guíelo: “¿Podrías
hacer enojar al mono?” o “¿Con qué cosa se pondría
triste tu león”?
A medida que usted y su hijo continúen practicando,
le podría preguntar: “Me
pregunto, ¿cómo se habrá sentido el monito cuando su
mamá se
fue?" o “Me pregunto, ¿cómo se sentirá el
elefante mayor cuando mamá elefanta le presta tanta atención
a su hermano menor?”.
Si, como padre/madre, usted siente empatía
por el menor de los animales, su hijo pequeño captará la empatía
que usted siente por él
(por su hijo). Después puede preguntar: “¿Me pregunto
si alguna vez te has sentido así?”.
Este tipo de juegos son útiles
para tratar el tema de los sentimientos incómodos y los conflictos que
viven muchos niños pequeños.
Esos conflictos hacen sufrir a los padres y demás miembros de la familia,
así como también al niñito. El primer y esencial paso que
deben seguir los padres que deseen solucionar esos problemas es hallar la(s)
causa(s). Después, usted podrá trabajar con su hijo para reducir
o eliminar esas causas.
Usted, como padre/madre, puede practicar expresar esos
sentimientos que nunca antes había podido expresar cómodamente.
Y, al mismo tiempo, puede mostrarle a su hijo cómo verbalizar los sentimientos
constructivamente, sin reaccionar compulsivamente de manera que hiera a su hijo
o a los demás.
Al hacer esto, su hijo sabrá que es seguro acudir a usted, sin importar
lo que haya pasado. La interpretación de roles como los descritos aquí es
el primer paso importante para que su hijo no quede encerrado en la misma cárcel
en la que usted pudo haber estado toda la vida –hasta que su hijo le abrió las
puertas a la libertad, claro.